Un día nublado por Gyeongju

Mi prima y yo cogimos la guagua desde Daegu hasta Gyeongju, no muy temprano. Tarda sólo una hora y cuesta alrededor de $4. Lo primero que hicimos cuando llegamos a Gyeongju (después de pedir un mapa en Información Turística) fue tomarnos un café justo al frente de la estación de guaguas. Esto nos dio energías para buscar un lugar para almorzar. En el camino al restaurante, paramos un momento para admirar una de las tumbas gigantescas que tiene esta ciudad histórica. Varios miembros de la antigua nobleza coreana están enterrados allí, y por eso es que sus tumbas parecen casi montañas.

Siempre que voy a Gyeongju me gusta comer en un restaurante de shabu shabu especializado en setas. Es muy delicioso, barato y diferente a los típicos restaurantes coreanos que están por todos lados. Luego de pedirle direcciones a una amiga de cómo llegar al restaurante, caminamos un rato hasta que llegamos. ¡Decepción! El restaurante de setas había sido cambiado y ahora es un restaurante de bulgogi (típico restaurante tradicional coreano). Aún así decidimos quedarnos para probarlo. No estuvo mal y a mi prima le encantó el bulgogi pero no puedo dejar de sentir que algo especial ha desaparecido.

Cuando terminamos de comer, cogimos la guagua #11 hasta el templo Bulguksa. El día estaba amenazando con llover y se estaba poniendo más frío. Entramos al templo y caminamos por todas las estructuras. Este templo es muy antiguo aunque, como casi todos los templos y palacios coreanos, ha sido reconstruido varias veces debido a fuegos o guerras.

Ese día había muchos turistas japoneses. Por suerte, no habían excursiones escolares ese día como cuando llevé mi familia allí hace año y medio. En las afueras del templo, los cerezos estaban todos florecidos, ofreciendo una espectacular vista primaveral.

Después de recorrer Bulguksa, subimos hasta el tope de la montaña (en guagua, por supuesto) para ver el famoso Buda Seokguram Grotto (석굴암). Aunque está prohibido tomarle fotos al Buda, por alguna razón su imagen se insertó en mi cámara. Este Buda es considerado uno de los más hermosos en Korea y tiene un estilo con mucha influencia de la India.

Como subimos en la última guagua, tuvimos que esperar una hora para poder bajar. En el estacionamiento de la montaña, debido al aburrimiento, mi prima y yo decidimos experimentar con fotos panorámicas y el resultado fue bastante cómico.

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En Daegu, por la montaña Apsan

Mi prima y yo salimos de Busan en el KTX, el tren rápido, y llegamos a Daegu unos 45 minutos después. Nos montamos en un taxi y a los pocos minutos ya estábamos descansando en mi casa. Esa noche no hicimos gran cosa excepto comer carne a la parrilla en un restaurante al lado de mi casa. Como siempre, estaba deliciosa.

El día después estaba bastante cálido, mucho más que los días anteriores. Luego de una breve parada en el hospital para recoger mis medicamentos (el doctor le recomendó a mi prima ir a un concierto de K-pop) almorzamos hamburguesas en el Hyundai Department Store del centro de Daegu. Este lugar se ha convertido en mi favorito para comer este tipo de comidas.

De allí fuimos hasta la montaña Apsan, un lugar de mi ciudad al cual nunca había ido. Caminamos un rato por el área, donde encontramos unos tanques y aviones del ejército coreano, y un templo budista. Un raro contraste en una montaña también florida por la primavera.

Fuimos al teleférico, un área que parecía sacado de los años 70, quizás de uno de los satélites soviéticos. El edificio estaba cubierto por unas enredaderas marrones y parecía que no había sido pintado en algunas décadas. Daba una sensación de antigüedad pero no de inseguridad así que nos montamos en uno de los últimos viajes del teleférico hasta el tope de la montaña.

Arriba no había mucha gente, ya que estaba anocheciendo y el día estaba un poco polvoriento. Aun así, la vista desde arriba era impresionante. Daegu es mucho más grande de lo que me imaginaba. Teníamos una vista de 180° y todo estaba cubierto por edificios y casas, excepto por ciertas áreas montañosas y verdes. Caminamos por las veredas, vimos el atardecer y sacamos algunas fotos en un edificio (¿un mirador?) que estaba vacío.

Bajamos en el último teleférico del día, acompañados de algunas familias que todavía gozaban de un rato de ocio en Apsan. Cuando llegamos abajo me di cuenta de que no estábamos tan lejos de casa y que podíamos coger la guagua que pasaba por allí.

Empezando las vacaciones por Busan

Me encontré con mi prima Lindy en el aeropuerto de Busan a eso de la una de la tarde. No nos habíamos visto desde hacía más de tres años cuando me fue a visitar a Puerto Rico. Nos abrazamos, me dijo: “tengo hambre” y nos montamos en el tren camino a Haeundae para dejar las cosas en el hotel y comer algo. El viaje en el metro fue largo, más de una hora, y llegamos cansados y hambrientos.

Le sugerí que fuésemos a ‘Bucella’, un pequeño restaurante que se especializa en sandwiches y que quedaba a unos pasos del hotel. Allí fuimos y ambos pedimos el tender beef sandwich. Estaba delicioso y era justo lo que necesitábamos para recargar energías. Bueno, eso y el café que nos tomamos después del almuerzo. Nos quedamos descansando en el café por un buen par de horas y luego nos fuimos a caminar un rato por la playa.

Hacía mucho viento y frío ese día. Ya estaba atardeciendo cuando salimos del café y la playa estaba casi desierta. El viento era tanto que era casi insoportable estar afuera tomando fotos. Después de un corto rato, regresamos al hotel para seguir descansando. No duró mucho el descanso porque el hambre volvió a picar y nos fuimos a comer carne a la parrilla en un restaurante cerca de la playa. La comida ha sido el eje central del viaje desde el principio.

Al otro día desayunamos algo en un café y nos fuimos al templo Haedong Yonggungsa, muy famoso por estar justo al lado del mar. Era domingo y estaba abarrotado. He ido varias veces y nunca lo había visto tan lleno. Parece que el día sin trabajo y la mejoría en el clima se combinaron para crear una tormenta perfecta de visitantes al templo. Aún así estuvimos mucho tiempo allí, tomando muchas fotos y disfrutando del buen clima.

De ahí lo seguimos hasta el Jagalchi Market, un mercado de pescados al aire libre. Antes de ir al mercado almorzamos Andong Jjimdalk en el área del Busan International Film Festival, el cual queda justo al cruzar la calle del mercado. También probamos el hoddeok (parecido a un pancake relleno de azúcar negra y nueces) y a mi prima le gustó tanto que se comió dos.

El mercado también estaba lleno pero no tanto como el templo. Me encanta pasear por allí y tomar fotos aunque estoy muy seguro que las personas que trabajan allí odian a la gente como yo.

Terminé el día comiendo samgyeopsal con mis amigos Robert y Jumi del blog Paella de Kimchi. Un delicioso final a un fin de semana excelente.

Una galería inusual

El sábado me encontré con Michael, Jiwon y Rich, del grupo de francés, frente a un café en el centro de Daegu. La idea original era quedarnos en el centro y hacer lo mismo de siempre pero Jiwon nos propuso cambiar el plan e ir a una galería que ella y su padre habían diseñado. Nos montamos en un taxi y fuimos hasta Suseong-gu (cerca de donde vivo). Caminamos unos 5 minutos hasta llegar a una casa de concreto, de un estilo muy diferente a las casas que le rodeaban.

Describir este local como una galería es quizás quitarle un poco del encanto. No es una galería normal ya que su enfoque es en las plantas. Por cierto, como está empezando la primavera el lugar estaba casi vacío. Había una que otra planta con flores acentuando con color el gris del concreto que cubría las paredes. Lo bueno de esta galería es que también dobla como una casa de té. El sonido de la música clásica y el agua de la inusual fuente complementan el té para crear una atmósfera muy relajadora.

Antes de tomar el té subimos al techo de la galería. Desde allá arriba pude espiar a dos estudiantes de fotografía que estaban en la galería completando una asignación para una de sus clases. Verlos me trajo recuerdos de cuando yo estudiaba fotografía ya hace más de 10 años. También pude ver el invernadero lleno de plantas que seguramente poblarán la galería en algún momento de la primavera.

Otro detalle que hace que una visita a esta galería sea única es su dueña. Ella es una señora mayor, muy dulce, que se preocupa por que sus clientes la estén pasando a maravillas. Me recordó a esas abuelas que siempre están pendientes a sus nietos, dándoles regalos y ofreciéndoles comida. Nos sirvió un té exquisito junto a unas pequeñas tartas que estaban deliciosas. El precio no estaba mal tampoco: sólo pagamos 5,000won cada uno (menos de $5).

Me encantaría regresar aunque esté en un barrio apartado del centro y sea casi una expedición encontrarlo. Definitivamente vale la pena.