Incomunicado

Cuando llegué a Korea en el 2008, no hablaba coreano ni sabía leer ni escribir el idioma. Aunque en el 2006 una amiga coreana me había enseñado a leerlo, la falta de interés y de con quién practicarlo me llevó a olvidarlo por completo. Traté de re-aprenderlo antes de llegar pero no se me hizo fácil. Al final, durante mi primer año no importó mucho el que supiera coreano o no.

Aterricé en el Aeropuerto Internacional de Daegu (que más bien parecía un aeropuerto regional glorificado) de noche y me recogió un coreano que trabajaba para mi escuela. Había una pareja de estadounidenses esperando por él también. Luego del vuelo de 14 horas desde Atlanta, me sentía en el punto medio de una borrachera y su debida resaca, aunque no había tomado nada de alcohol. Paramos en una panadería (¿será posible llamarle panadería a Roti-bun?) y, aunque no tenía nada de hambre, el coreano nos compró unos panecillos a mi y a la pareja.

El trayecto del aeropuerto a la escuela fue larguísimo. O por lo menos eso pensé. Tomó una hora desde el aeropuerto hasta la escuela, que estaba escondida, bien escondida, entre las montañas de Waegwan (búscalo en un mapa y verás que no verás nada). Durante el trayecto quedé hipnotizado por las luces de neón que veía en todos los edificios y la escasez de obscuridad en la ciudad. Eso no sería un problema en las montañas alrededor de la escuela, donde la obscuridad reinaba por las noches.

 

Estábamos a una buena hora de la ciudad. No tenía celular y no lo tendría por buen tiempo. Sólo tenía a una persona a quien llamar aunque un teléfono público me resolvería el problema de la llamada. Era tarde, obscuro, viernes en la noche y no había nadie por toda la escuela. El coreano me llevó a mi cuarto. Me imaginé de vuelta a ese primer día de universidad en upstate New York cuando tenía 17 años y vi mi dormitorio por primera vez. La única diferencia ahora es que tenía un baño privado y un pequeño balcón que usé quizás dos o tres veces.

En el cuarto me esperaba una carta de mi amigo, puertorriqueño también y compañero universitario quien había llegado un mes y medio antes que yo a esa escuela en Korea. En la carta me delineaba las instrucciones para encontrarme con él en el centro de Daegu al día siguiente. A él le debo mi llegada a Korea y mucho de lo que aprendí y desaprendí mis primeros meses en este país.

Esa primera noche casi no dormí, por la combinación de la emoción y el cambio drástico de horario. A las 5:00am ya estaba despierto y alerta. Tendría que esperar algunas horas antes de poder montarme en la guagua que me llevaría al centro. Antes, degusté el intento de comida que hacían en la cafetería de la escuela (un menú especializado para los maestros extranjeros, que en realidad significaba experimentos fallidos del chef). Con el tiempo aprendí a disfrutar las mañanas en las cuales la tocineta hacía su aparición y los viernes de pizza, y a ignorar el mal sabor que me dejaba el resto de la semana.

La guagua hacía cuatro salidas diarias desde la escuela al centro y no esperaban por nadie si no estabas en la salida a la hora en punto. Aprendería a odiar este sistema y a pelear con los taxistas para que hicieran la larga travesía desde el centro hasta la escuela.

Después de comer, me monté en la guagua y comencé mi primera expedición fuera de la escuela.

12 comentarios en “Incomunicado

  1. te admiro un mundo pq has llegado lejos y eso es lo mas importante,y entonces yo que llevo mas de 3 anos aprendiendo coreano y se que no es nada de facil tampoco , pq no tengo tampoco con quien practicarlo pero se que, querer es poder asi que eso significa que si tu pudiste entonces yo puedo. asi que fighting como dicen ellos…. pero en verdad esta fuerte eso, todo lo que pasaste para poder adaptarte a ese mundo…

  2. La verdad es que la primera vez que entras en contacto con un país tan diferente como el tuyo propio de origen todo es un poco caótico. Pero las cosas mejoran con el tiempo. :)

    Me gusta mucho tu blog :)

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